La fe de Tomás: Una lección sobre la incredulidad y la gracia.

Explora la historia de Tomás y descubre cómo transitar de la incredulidad a una fe auténtica fundamentada en la gracia de Cristo, sin necesidad de pruebas visibles

Escuchar Prédica completa: La fe de Tomás 🎧

El estigma de la duda espiritual

Vamos a abrir nuestras Biblias en el Evangelio de Mateo 27:41-42, que dice: De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.

Estos versículos nos sitúan en el momento en que Jesús estaba siendo crucificado, después de haber sido azotado, mientras pagaba por los pecados del mundo. Si usted se fija bien, allí estaban los principales sacerdotes, los escribas, los fariseos y los ancianos; es decir, estaban reunidas muchos de los principales líderes religiosos de aquel tiempo. Y dice la Escritura que estaban escarneciéndole. Para quienes no conocen el significado de esta palabra, escarnecer es burlarse o mofarse de alguien. A Cristo lo menospreciaron de tal manera que pidieron que muriera de una de las formas más crueles: en una cruz.

Una de las tantas maneras en que estas personas se burlaban de Jesús era diciéndole:A otrossalvó, a sí mismo no se puede salvar. Ellos habían visto cómo el Señor había salvado a muchas personas, cómo había resucitado a Lázaro, devuelto la vista a los ciegos y sanado a los cojos.

Otra de las cosas que dijeron para burlarse de Él fue: Si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz y creeremos en Él. Pero en realidad nunca aceptaron el reino que Cristo les ofreció, porque esperaban un rey terrenal que convirtiera a Israel en la nación más poderosa del mundo, ante cuyos pies se rindieran todos sus enemigos. Incluso al día de hoy, esperan recuperar la gloria terrenal que Israel había tenido en la época del rey David y de su hijo Salomón.

Pero Cristo les enseñaba acerca de un reino diferente y les decía: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen. También les enseñaba que, si su enemigo tenía sed, debían darle agua. Aquellos religiosos no querían un rey así y, por eso, se alegraban al verlo morir de esa manera. Su escarnio llegó al punto de decirle: Descienda ahora de la cruz y creeremos en Él.

Si bien para Dios no hay nada imposible y Cristo podría haber descendido de la cruz, Él sabía que detrás de aquella provocación estaba Satanás, quien no quería que alcanzara la victoria en la cruz. Ellos, sabían que era imposible que alguien que había sido azotado, torturado y clavado en una cruz pudiera bajar de allí. Por eso le dijeron, si te bajas de la cruz, creeremos en ti. 

Pero vamos ahora al Evangelio de Juan, capítulo 6, versículo 28, donde el Señor hablaba con estos mismos religiosos antes de que lo condenaran. Dice Juan 6:28: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces?

Varias personas me han hecho esa misma pregunta: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Y muchas terminan molestas cuando les digo que crean en Cristo, porque la mayoría quiere recibir consejos superficiales o hacer obras terrenales para ganarse la vida eterna. Pero la Biblia dice que somos salvos por gracia, por medio de la fe.

Jesús les dijo a estas personas: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. Y ellos le respondieron: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? No sé si logran ver que, en ambos capítulos que hemos leído, ellos querían ver una señal para creer. En el otro pasaje, dijeron: Si vemos que te bajas de la cruz, creeremos en ti. Y aquí le dijeron: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos?

Y esta es una triste realidad, no solo entre los religiosos de aquella época, sino también entre muchos ateos, inconversos y personas religiosas que se hacen llamar creyentes: solo creen, o quieren creer, en lo que ven sus ojos, en las cosas visibles. Es decir, no quieren saber de un agua viva invisible; quieren una Coca-Cola que puedan ver. Las personas quieren ver una señal de que Dios existe para creer en él. No les basta lo que dice la Biblia; quieren señales y experiencias que les demuestren que lo que se cuenta de Cristo es cierto. Por eso el Señor decía: La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. 

No es nada nuevo que Satanás se haya infiltrado en las congregaciones. Hoy en día, muchos líderes, predicadores y maestros quieren presentar a las personas un evangelio visible, terrenal y palpable. Según ellos, si tienes dinero, esa es una señal de que eres una persona muy bendecida; pero si vives en la pobreza, esa es una señal de que estás en pecado. Estos lobos disfrazados de ovejas han contribuido a que Satanás introduzca su veneno en las congregaciones. Y si tenemos falsos pastores, el resultado son falsos creyentes que solo buscan a Dios a través de las emociones, las sensaciones y lo que pueden ver sus ojos.

El peligro no está en los inconversos ni en aquellas personas a quienes Dios les da igual, porque a los que están fuera, Dios los juzgará. El peligro está en el evangelio terrenal que se está enseñando en muchas congregaciones, donde todos quieren andar por vista y por sentimientos, tal como la persona que veremos en el capítulo 11 del Evangelio de Juan. Vamos a leer desde el versículo 1, que dice:

Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta su hermana. (María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume, y le enjugó los pies con sus cabellos.) Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Luego, después de esto, dijo a los discípulos: Vamos a Judea otra vez. Le dijeron los discípulos: Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá?

Vamos a detenernos un momento en estos versículos para entender el contexto y por qué los judíos procuran apedrear a Jesús. Para ello, vamos a retroceder al capítulo anterior del Evangelio de Juan, el capítulo 10, y leer los versículos del 30 al 39: Yo y el Padre uno somos. Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.

Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Más si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre. Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos.

La Biblia dice, y yo lo creo, que Jesús murió en la cruz por nuestros pecados. Nadie le quitó la vida; Él mismo la entregó, porque tenía poder para darla y para volverla a tomar. Sin embargo, está claro que, en muchas ocasiones, los fariseos, saduceos, sacerdotes y religiosos de aquella época intentaron matarlo de distintas maneras antes de tiempo. Hoy en día, muchas personas se enojan cuando son exhortadas. Si dejaran salir su verdadero rostro y tuvieran algunas piedras a mano, muchos de nosotros ya no estaríamos en este mundo.

Ahora que ya vimos por qué los judíos querían apedrear a Jesús, volvamos al capítulo 11, versículo 8, que dice: Le dijeron los discípulos: Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá? Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él. Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle. Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará. 

Lógicamente, los discípulos no querían regresar a aquel lugar, pues ya sabían lo que les esperaba: allí estarían quienes habían intentado apedrear a Jesús, y el riesgo de morir era muy alto. Eso mismo nos pasa a muchos de nosotros: no queremos atravesar pruebas ni sufrir tribulaciones, y tampoco estamos dispuestos a sacrificar nuestro estatus, nuestras amistades o nuestras pertenencias. Queremos ser cristianos de mucho éxito en esta tierra, sin tener que arriesgar nada.

Luego, en el versículo 13 del mismo capítulo, leemos: Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño. Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él. Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él.

Tomás se menciona ocho veces en el Evangelio de Juan, y la primera vez que aparece dice: Vamos también nosotros, para que muramos con él. Tomás era un hombre de fe; sin embargo, el problema era que su fe se basaba en lo que podía ver. Dudaba de aquello que no podía comprobar y necesitaba pruebas palpables para creer.

Esto lo podemos ver en el Evangelio de Juan, capítulo 14, versículos del 1 al 7, dice: No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino. Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.

Si se fija bien, fue a Tomás a quien Jesús dirigió las palabras de este conocido versículo de la Biblia: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Tomás había visto a Cristo resucitar a Lázaro, sanar a ciegos, sordos, mancos y cojos, y realizar todo tipo de milagros; aun así, todavía dudaba.

¿Por qué Tomás necesitaba ver para creer?

Más adelante, en el mismo evangelio de Juan, capítulo 20, versículo 19 en adelante, leemos: Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino.

La Biblia nos dice que los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar por miedo a los judíos, pero Tomás no estaba con ellos. No explica por qué estaba ausente. Lo que sí relata, a partir del versículo 25, es lo siguiente: Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

Tomás dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Si lo pensamos bien, su fe no solo dependía de lo que podía ver; también necesitaba tocar y sentir.

Muchas personas actúan como Tomás y se consideran creyentes, pero, en realidad, su creencia es solo mental. Por eso, tienen una falsa fe que, tarde o temprano, quedará en evidencia: en la práctica, no viven como verdaderos creyentes, sino como incrédulos. Por esa razón, el Señor le dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

A partir de ese momento, la vida de Tomás cambió, y después lo encontramos junto a los demás discípulos en Juan 21:2 y Hechos 1:13. En aquel encuentro reconoció su error, y quedaron grabadas en él las palabras de Cristo: Bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

Las personas quieren ver y sentir emocionalmente la presencia de Dios mediante gritos, brincos, carcajadas u otras manifestaciones carnales. Claro que la presencia de Dios puede sentirse por medio del Espíritu Santo y manifestarse en el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la mansedumbre y otras manifestaciones. Sin embargo, estas manifestaciones son para la edificación de la Iglesia, no para alimentar el ego o la fama de algunas personas

Ver para creer vs. Creer para ver

La Biblia dice que nuestra fe debe estar fundamentada en lo que no vemos. Tenemos que mirar más allá de lo que perciben nuestros ojos naturales. ¡Hay un mundo espiritual! En Romanos, capítulo 8, versículos 24 y 25, leemos: Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos. Cristo es nuestra esperanza. Aunque por ahora no lo vemos, aguardamos con paciencia su venida o nuestra partida para estar con Él.

No nos guiamos simplemente por lo que ven nuestros ojos, sino que tenemos una esperanza que no se ve. Hay ocasiones en las que clamamos al Señor por alguna situación que estamos atravesando y, a simple vista, no vemos resultados. Pareciera que el Señor no responde; pero, si miramos más allá de lo natural, podemos esperar con paciencia, confiando en que Él siempre responde conforme a su voluntad.

En la segunda carta a los Corintios, capítulo 5, versículos 5 al 7, leemos: Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); 

Es decir, no andamos por lo que vemos. Los verdaderos cristianos andamos por fe. En este pasaje, la fe y la vista se presentan como dos caminos opuestos, y usted debe elegir cuál de ellos va a seguir. Si quiere ser un verdadero creyente, debe confiar en Dios por fe, en lugar de andar buscando señales de Él para entonces creer.

Recuerdo que, cuando era niño, a veces gastaba todo el dinero que me dejaba mi mamá y luego no tenía con qué comprar dulces. Cada vez que eso sucedía, les robaba dinero a mis hermanos sin que ellos se dieran cuenta. Pero, en una ocasión, ninguno estaba en casa, así que no pude robarles y me quedé sin dinero. Más tarde, ese mismo día, encontré un billete de cinco tirado en el patio de mi casa. Entonces pensé: Esta es una señal de que Dios está conmigo. Él entiende que hoy no pude robarles a mis hermanos y me envía este dinero para satisfacer mi deseo de comer dulces. Suena como una broma, pero así es la fe de muchas personas: interpretan las circunstancias según sus propios deseos y terminan llamando “bendición de Dios” a lo que está mal.

Necesitamos vivir por fe, pero por una fe verdadera, no fingida ni acomodada a nuestra conveniencia. Para saber si su fe es real o si depende de lo que ve, vayamos al libro de Hebreos, capítulo 10, versículo 35, que dice: No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón. ¿Dónde tiene puesta usted su confianza? ¿En las cosas que se ven? ¿En su trabajo? ¿En su dinero? ¿En su salud? Cuando su confianza está verdaderamente puesta en el Señor, vivirá sin avaricia y estará contento con lo que tenga. Así podrá decir con confianza que el Señor es su ayudador y que no temerá lo que pueda hacerle el hombre.

Venga lo que venga, el Señor es nuestra roca, nuestra fortaleza y nuestro refugio. Pueden venir tiempos de enfermedad, pero el Señor es nuestro socorro. Pueden venir tiempos de abundancia, pero el Señor sigue siendo nuestro tesoro. Su fe no debe depender de las circunstancias externas, porque pueden suceder cosas muy buenas o cosas muy malas. Por eso, la Palabra nos exhorta a no perder nuestra confianza, pues tiene un gran galardón.

Bienaventurados los que no vieron y creyeron.

Luego, en el versículo 36, dice: porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Una demostración de que tenemos una fe real en Dios es cuando hacemos la voluntad del Señor y perseveramos con paciencia hasta obtener esa promesa.

Hace algunos años, una persona me dijo que no creía que Dios pudiera cambiar su vida, porque ya lo había intentado en varias ocasiones sin obtener resultados. Le pregunté: ¿Pero usted de verdad quiere cambiar su vida o quiere morir viviendo en pecado? Y me respondió: ¡Sí, me gustaría cambiar! Entonces le dije: Obedezca la voluntad del Señor y los mandamientos que Cristo dejó a su Iglesia durante un año, y luego me cuenta si su vida cambió o no. Me preguntó: Pero ¿por qué durante un año? ¿Por qué tengo que obedecer por tanto tiempo? ¡Eso se me hace eterno! Y yo le respondí: Justamente esa es la razón por la que todos sus intentos anteriores habían fracasado: porque solo obedecía durante algunas semanas, días o incluso horas, y luego regresaba a su pecado al no ver a Dios actuar. Esa era precisamente la actitud de Tomás: si no veía, no creía.

Hoy en día, las personas solo tienen que repetir una oración, cerrar los ojos o declararse cristianas, y listo… No hay arrepentimiento, no muere la vieja criatura y, por ende, no hay nuevo nacimiento. Son como aquella semilla que cayó sobre la piedra: oyen la palabra y la reciben con gozo, pero no tienen raíces; creen por algún tiempo y, cuando llega la prueba, se apartan.

Un verdadero predicador de la palabra, no va a engañar a sus ovejas ni les va a dar leche espiritual adulterada. Les mostrará la puerta estrecha y el camino angosto que deben recorrer. Ese camino requiere paciencia, porque puede haber tribulaciones, necesidades, angustias, azotes y desvelos; pero, aun en medio de todo ello, podemos permanecer gozosos, porque el Señor no nos ha dejado huérfanos en este mundo, sino que ha enviado a nuestras vidas al Consolador: el Espíritu Santo.

Dice Hebreos 10:37: Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Este versículo es muy importante para entender el contexto de lo que venimos leyendo y de lo que veremos a continuación. Al decir que el que ha de venir vendrá y no tardará, se está refiriendo a Cristo. No perdamos de vista el contexto: estos versículos nos hablan de la venida de Cristo por su Iglesia y del reino venidero. Lo señalo para que comprenda lo que dice después: Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.

Luego, Hebreos 11:1 dice: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera (es decir, Cristo), a quien los cristianos esperamos. La convicción de lo que no se ve (es decir, Cristo), a quien por ahora no vemos y por eso vivimos por fe.

No deje que lo engañen con filosofías, huecas sutilezas o psicología espiritual, diciéndole que la fe consiste en declarar que ya tiene un carro para obtenerlo pronto por fe. Si usted es de quienes dicen que tienen fe en que van a ser millonarios, le comento que eso no tiene nada que ver con el cristianismo: es una herejía que han enseñado los falsos maestros.

El contexto de este versículo es la fe en Cristo, no en usted mismo. Por eso, el resto del capítulo 11 habla de la fe que tuvieron los patriarcas y profetas de Israel. Por ejemplo, acerca de Moisés, los versículos 24 al 26 del mismo capítulo dicen: Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón.

Y el versículo 27 añade: Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible. ¡Lo ve! La fe de Moisés fue espiritual. Prefirió dejar los deseos del mundo y la vanagloria de la vida para alcanzar el galardón eterno. Su mirada estaba puesta en el Invisible, en una tierra más allá de lo que pueden ver nuestros ojos naturales. ¡Esa es la verdadera fe!

Conocí a una persona a quien le estaba predicando el evangelio que estudiaba en una universidad . Un día me dijo que, ahora que estaba leyendo la Biblia, sentía que Dios la había iluminado y que ya no necesitaba estudiar para los exámenes, pues tenía fe en que Dios pondría las palabras en su boca al momento de responder. Está de más contarles que reprobó la clase y tuvo que volver a cursarla. No malinterpretemos las Escrituras. La fe no es un sentimiento, y la fe sin obras está muerta. Tener fe no significa dejar de cumplir con nuestras responsabilidades, sino actuar conforme a lo que creemos. Por eso, por fe amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Para finalizar, vamos a leer 1 Pedro 1:5-7, dice así: Que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, 

Puede que algún creyente me diga: Gracias al Señor, todo en la vida me ha salido bien, materialmente hablando. ¡Alabado sea el Señor por eso! Lo importante es que cumpla con lo que el Señor manda en 1 Timoteo 6:17-19: A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna.

Pero si su caso es como el que menciona Pedro en los versículos que acabamos de leer, y ha tenido que ser afligido en diversas pruebas, no se desanime. ¡Alabe al Señor! La fe de todos los creyentes debe ser probada. Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual, aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien, creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; 

Esta es la verdadera fe: confiar, esperar, amar, creer y tener la convicción de que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para darnos vida eterna. La verdadera fe no tiene un fin material, terrenal o temporal. La verdadera fe es espiritual, y su fin es la salvación de nuestras almas, como dice 1 Pedro 1:9: Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.

¡Le invito a orar!