¿Mi fe no mueve montañas? La Una Sola Fe de Efesios 4:5
Este mensaje es la Parte 4 de nuestra serie: La Unidad en el Cuerpo de Cristo.
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El mito de la fe como un poder personal
Abramos nuestras Biblias en el libro de Efesios, capítulo 4, versículo 5, que dice: Un Señor, una fe, un bautismo. El contexto de este versículo se remonta al inicio del capítulo, donde Pablo exhorta a los creyentes a vivir en unidad, practicando la humildad, la mansedumbre, la paciencia y soportándose mutuamente, caminando en un mismo espíritu. Al llegar al versículo 5, encontramos que Pablo recalca que todos los creyentes comparten un mismo Señor, una misma fe y un mismo bautismo.
Si quiere saber más sobre ese Señor, puede buscar la predica en el sitio web, donde hablamos de Cristo, quien es el Señor de la Iglesia y de cada creyente. Cristo es el Señor, no porque sea un hombre mayor o un padre de familia, sino que es el Señor que debe gobernar el corazón, mente, cuerpo, alma y todo el ser de cada creyente a través del Espíritu Santo. Lo digo porque muchas personas quieren recibir a Cristo como Salvador para tener éxito en la tierra y escapar de la ira venidera al morir, pero no desean aceptar a Cristo como su Señor y vivir según su voluntad y mandamientos.
Ahora, hablaré de la segunda parte del versículo, que menciona una sola fe. Esto es interesante porque, aunque existen cientos de religiones en el mundo que afirman ser la verdadera religión, y cada una tiene su propia fe. Pero la Biblia habla de una sola fe. La mayoría de las personas en estas religiones creen en Dios y están convencidas de que su fe las salvará cuando Cristo venga, ya que se les ha enseñado que un creyente es aquel que cree en Dios.
En relación con esa creencia, es importante señalar dos aspectos: Primero, la Biblia menciona que en el mundo hay muchos dioses, y es fundamental asegurarse de que el “dios” en el que usted cree sea el verdadero Dios. En segundo lugar, si usted cree en el verdadero Dios, debe recordar que la fe en Él no puede desvincularse de ese Señor y del bautismo mencionado en el versículo 5 del capítulo 4 de Efesios.
Es decir, es imposible declarar que se tiene fe en Dios pero vivir de tal manera que su Señor sea, en realidad, satanás. Por lo tanto, veamos más a fondo lo que la Biblia quiere decir cuando habla sobre tener fe. Para ello, revisemos lo que dicen los versículos 9 al 10 del capítulo 6 de Gálatas: No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.
Esta “familia de la fe” se refiere a los hermanos en Cristo, personas que, como nosotros, han nacido de nuevo y andan en los caminos del Señor. Quiere decir que los verdaderos creyentes forman una familia basada en la fe en Cristo, lo que significa que mi fe no debe ser diferente de la fe de otros creyentes. Por ejemplo, si mira a las personas que les gusta la música rock, notará que casi todos se visten de la misma forma. Es poco probable que alguien diga ser un rockero se vista con ropa completamente blanca; esto es ilógico, pues los miembros de esa counidad suelen vestirse de negro.
El objeto de nuestra fe: Jesucristo
De la misma manera, nuestra fe no puede estar separada del Señor Jesucristo ni desvinculada de la congregación, ya que somos una familia en Cristo. Él nos dio la potestad de ser llamados hijos de Dios, y aunque no tengamos lazos de sangre con otros miembros de la iglesia, podemos llamarnos hermanos porque compartimos un mismo Padre celestial.
Ahora bien, cuando digo que podemos llamarnos hermanos, no me refiero a que esto sea simplemente un título o una forma de saludo dentro de la congregación. No se trata de andar diciendo “Hola, hermano”, “Adiós, hermano” o “Ahí va el hermano”. ¡No! Más allá de una forma de hablar, esta hermandad debe ser un vínculo real y espiritual que nos une con los demás miembros de la familia de la fe.
Esto implica que debemos amarnos, comprendernos, ayudarnos, exhortarnos y tratarnos bien. Lo digo porque en muchas congregaciones esta realidad no se vive; pareciera que el término “hermanos” se queda solo en palabras, ya que, no tienen nada en común, ni pareciera que fueran miembros de la misma familia de la fe.
Cuando realmente somos parte del cuerpo de Cristo, debemos compartir una misma fe. Sin embargo, esta fe no es igual a la que predomina en el mundo, ya que la Biblia nos enseña que existen distintos tipos de fe. Por ejemplo, hay una fe natural, algo que todas las personas poseen, sean creyentes o no. Un claro ejemplo de esto lo encontramos en el libro de Hechos, capítulo 14, versículos 8 al 10 que dice: Y cierto hombre de Listra estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado. Este oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos, y viendo que tenía fe para ser sanado, dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y él saltó, y anduvo.
Este hombre tenía la fe de que podía ser sanado. De manera similar, hoy en día hay quienes depositan su fe en distintas cosas: en una pomada, una medicina, remedios naturales, doctores o incluso en adivinos, agoreros, encantadores o falsos profetas. Otros creen en la existencia de extraterrestres o sostienen que los humanos evolucionaron a partir de un mono. Algunos afirman que todo lo que existe surgió de la nada o creen que Dios no existe; sí, esa también es una forma de fe, pues ahí han puesto su confianza.
En resumen, todos los seres humanos tenemos una fe natural. Sin embargo, el problema no es tener fe, sino más bien en dónde, o en quién, depositamos esa fe. Existen personas religiosas que afirman tener fe; pero esa fe es superficial o supersticiosa. Esto se nota en las creencias anti bíblicas que creen y que recurren a Dios únicamente cuando les conviene. Viven según sus propias reglas hasta que enfrentan una emergencia; en ese momento claman a Dios. Pero, una vez superan sus problemas, vuelven a actuar como si Dios no existiera en sus vidas.
Tal como el relato bíblico de los diez leprosos que buscaban sanar, después de recibir la curación, solo uno de ellos, un samaritano, regresó para agradecer a Dios. Los otros, al verse sanos, se olvidaron de Dios, solo les interesaba su salud física, y utilizaron su fe natural para pedirle un milagro a Cristo, sin el ánimo de seguir a Dios.
Este tipo de fe es algo natural que todos tenemos. Pero, por otro lado, está la fe como don del Espíritu Santo, mencionada en la primera carta a los Corintios, capítulo 12, versículos 7 al 9 que dice: Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu.
En este contexto, se habla de los dones del Espíritu Santo que reciben los creyentes como un regalo de Dios para edificar la Iglesia. Entre esos dones se encuentra el don de la fe, como Esteban y Bernabé, quienes describe la biblia que eran hombres llenos de fe, gracias a ese don recibido del Espíritu Santo.
Además de la fe natural y la fe como Don del Espíritu Santo, también existe la fe como fruto del Espíritu, como se menciona en el libro de Gálatas, capítulo 5, versículo 22. Esto significa, en pocas palabras, que todo creyente tiene una fe que se refleja en su comportamiento y acciones como creyente, como fue el caso de Filemón que dice en el primer capítulo, versículos del cuatro al seis: Doy gracias a mi Dios, haciendo siempre memoria de ti en mis oraciones, porque oigo del amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús, y para con todos los santos; para que la participación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús.
¿Lo ve? El árbol se conoce por su fruto, como dijo el Señor Jesucristo y confirmó Santiago en su epístola. Filemón mostró ese fruto de la fe durante toda su vida, en su conducta en la casa, en la Iglesia y con los hermanos. Espero que ese fruto de la fe también sea fácil de identificar en su vida y en la mía. Ya que, la fe como fruto y como don del Espíritu Santo no está disponible para el mundo; ellos tienen una fe natural, terrenal y en algunos casos idólatra. Pablo mencionó en su segunda carta a los Tesalonicenses, donde decía que él oraba para que fueran librados de hombres perversos y malos porque no es de todos la fe.
Al decir que no es de todos la fe, se refiere a que el mundo puede tener una fe natural, pero la fe del creyente es distinta. Y al referirme a creyentes, hablo de los verdaderos creyentes, ya que incluso dentro del mundo religioso se habla de fe. Debemos ser cautelosos como dice primera de Timoteo, capítulo 1, versículos 5 y 6: Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería.
El propósito de las pruebas que no se quitan.
Vivimos en un mundo donde la religión es superficial, llena de personas que aparentan ser cristianas. Pretenden tener amor, aparentan ser buenas personas y simulan tener fe en Dios. Lo honran con palabras, pero su corazón está en el mundo. Esa es la diferencia con el verdadero creyente: Nosotros no podemos amar al mundo y a Dios. Usted no puedes afirmar que tiene fe y al mismo tiempo creer en el horóscopo. Hay quienes ponen su fe en una pastilla y dicen que esperan que una pastilla les ayude “en el nombre del Señor”, pero en realidad su fe está puesta más en la medicina y no en el Señor.
La oración no debería complementar la medicina; más bien, la medicina debe completar la oración. Esto no significa que no debamos tomar medicinas. Me refiero a que muchas personas afirman tener fe en Dios y, sin embargo, están afanadas, ansiosas, desesperadas e impacientes, sin confiar verdaderamente en el Señor. esta vida nunca será fácil pero debemos recordar lo que dice Filipenses 4:6-7: Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego con acción de gracias, y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Dios es quien nos protege. Nuestra fe no es la misma fe del mundo; Los creyentes tenemos una sola fe como dice Romanos, capítulo 10, versículos 8 al 13: Mas ¿Qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
¿Cuántos creen esto? Esta es la fe que tenemos en común todos los creyentes, este es nuestro evangelio, esta es nuestra verdad, esta es nuestra confesión de fe: que Cristo es el Señor y que Dios lo resucitó. La Biblia no nos dice que compremos una camiseta que diga que somos valientes y arrebatamos el reino de los cielos. ¡No! Nos instruye a confesar y vivir una fe genuina. El hecho de creer en un Dios no convierte a nadie en un creyente; ya que hasta los demonios creen eso, pero no por eso serán salvados.
Ellos no serán salvados porque pecaron contra Dios y se negaron a someterse a Su autoridad. Se rebelaron y lo rechazaron desde el inicio de la creación. Lo mismo sucederá con aquellos que, aunque con sus labios confiesan creer y tener fe en Dios, pero llevan vidas que muestran una realidad diferente, porque no se quieren sujetar a los mandamientos del Señor.
Es sencillo aceptar un evangelio en el que Jesús nos sana, nos quita los males, nos prospera y nos beneficia, un evangelio así nadie lo rechaza. Sin embargo, cuando se predica el verdadero evangelio, el de la salvación, donde Dios no solo es el Salvador sino también el Señor y nosotros sus servidores, muchas personas prefieren creer en otro tipo
Digo esto no por aparentar o ser dura, ¡no! Pero realmente no importa si alguien afirma tener tanta fe que cree que puede volar o mover montañas. Si en su vida no se refleja el fruto del Espíritu Santo, esa fe no vale nada. Los creyentes tenemos una fe no para mover montañas sin propósito, sino una fe que está completamente alineada con los mandamientos del Señor, porque nuestra fe está puesta en el Señor que murió por nuestros pecados, resucitó y nos resucitará en el día final.
Nuestra confesión de fe en el Señor no es algo del pasado ni se trata de repetir una oración para ganar vida eterna de forma fácil. Al contrario, la fe que compartimos es algo que vivimos a diario y que se refleja en cómo actuamos.
Esta es la gran diferencia entre el mundo y los creyentes, entre quienes realmente creen y quienes sólo aparentan creer. Como dice el libro de Romanos, capítulo 10, versículos 14 al 17: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.
Cuando la montaña no se mueve, Dios fortalece al caminante.
Es difícil que el mundo invoque a Dios si no cree en su evangelio. Tal vez se pregunte cómo se puede alcanzar esa fe de la que estoy hablando. La Biblia dice que la fe viene por el oír y el oír por la palabra de Dios. En palabras sencillas, imagine que le digo que, si se come una piña, nunca tendrá cáncer. Si se come la piña, es porque confía en mi palabra y tiene fe en lo que digo, pero si no se la come, demuestra que no me creyó, ni tiene fe en lo que le dije. De la misma forma, si usted cree en Dios, obedecerá sus mandamientos, y si no lo hace, es porque no cree, ni tiene fe en lo que dice la biblia. Un creyente no solo es de boca para afuera, sino que actúa según lo que cree.
La Biblia también nos enseña que la fe que tenemos en común los creyentes nos asegura que nuestra salvación es por gracia, como dice Efesios 2, versículos 8 y 9: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. No hay obras que podemos hacer que nos lleven al cielo. Es a través de la fe en Jesús, quien nos salva por su gracia y nos concedió ser hijos de Dios.
Recuerde, cual es la palabra de fe que confesamos los creyentes: Qué Jesús es el Señor y que Dios le levanto de los muertos y por su gracia, todos los creyentes también seremos levantados de entre los muertos.
Entiendo que a muchos les cuesta aceptar la salvación por gracia, pues se necesita fe para creer en esta verdad, ya que muchas religiones promueven ciertas “obras” como condición para alcanzar la salvación. Sin embargo, la Biblia nos enseña lo contrario: Que somos salvos por gracia. No por obras para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús, para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano, para que anduviésemos en ellas.
Así que es, por medio de la fe que tenemos en común los creyentes, que podemos recibir la gracia, el perdón y la salvación como podemos leer en Hechos 26, versículos del 15 al 18 que dice: Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.
Es difícil que el mundo reconozca esta realidad, porque mientras las personas no se arrepientan, no pueden cambiar, y no se arrepienten principalmente porque no se ven como personas malas. Suelen minimizar su maldad, al compararse con otros que son asesinos, violadores, políticos corruptos u otros que, si los consideran perversos. Sin embargo, basta con ver las noticias para darse cuenta de que las malas acciones están presentes en todos los rincones del planeta. Eso demuestra que la maldad no está solo en unos pocos individuos, sino que se manifiesta de diversas formas en la mayoría de las personas.
La ceguera espiritual es tan profunda que muchos no la perciben y asumen que tienen fe en Dios simplemente porque “creen que creen” aunque sus actos contradigan esa creencia. Esto ocurre porque a menudo no comprendemos que la verdadera fe va más allá de las emociones; la fe es una convicción, independiente de cómo nos sintamos en un momento dado. No importa si dormimos poco, si estamos enfermos o sanos, si enfrentamos pérdidas dolorosas o si celebramos momentos felices como una boda. La fe verdadera no cambia y no se deja controlar por las emociones pasajeras.
Si hoy desea experimentar la fe que compartimos los creyentes, el camino es igual para todos: arrepiéntase y conviértase de las tinieblas a la luz de Cristo. Abandonar la potestad de satanás para entregarse a Dios. Esto significa que usted debe cambiar del dominio de satanás al de Dios. Si en este momento usted vive en los deleites del mundo, entonces su señor es satanás. Y no toda la culpa es de satanás, porque si usted también prefiere permanecer en esos placeres, eso quiere decir que no quiere someterse al señorío de Dios.
Tal vez se reúna una vez por semana, hable ocasionalmente de Dios y mantenga una apariencia de fe. Pero esto no lo convierte en un creyente, sino en alguien que tiene apariencia de piedad, alguien que aparenta tener una fe genuina, pero que, en realidad, es un religioso que sigue a su propio “dios”. Ese dios creado por las personas para su comodidad y conveniencia. Ese dios es su vientre que los hace pensar solo en lo terrenal como dice filipenses.
Les gusta que ese “dios”cumplatodassuspeticiones, le facilite la vida para que puedan vivir muchos años con salud, riquezas, no tener problemas nisufrimientos, que su vida sea solo gozo y placeres.Peroestas personas están engañadas creyendo que ese es el Dios verdadero.
La fe que compartimos como creyentes no debe depender de las circunstancias externas, sean buenas o malas. Debemos mantenernos firmes y constantes en nuestra fe, sin importar las situaciones que enfrentemos. Hechos 14:21-22, dice: Y después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.
Asimismo, en 1 Corintios 16:13 nos anima a: Velad, estad firmes en la fe, comportarnos con valentía y esforzarnos.
Debemos mantenernos firmes en la fe, sin importar lo que suceda en esta vida. No podemos dejarnos convencer por falsos predicadores que solo hablan de prosperidad material y buscan “empoderarnos” haciéndonos creer que somos lo mejor de lo mejor. Como cristianos, no debemos olvidar que no somos salvos por nuestras obras sino por la gracia del Señor, Hace años fui salvo por gracia y hoy sigo siendo salvo por gracia. Fue por su gracia que pasé de las tinieblas a la luz, y sé que seré resucitado en el día final. Esa es mi confesión de fe, y por eso invito a que usted también permanezca firme en la fe que tenemos en común los creyentes.
También es importante reconocer que permanecer en la fe no es fácil, sobre todo en un mundo donde muchas veces solo creemos en lo que podemos ver. A menudo enfrentamos pruebas difíciles que nos hacen dudar o pensar en retroceder, pero el Señor nos llama a mantenernos firmes. Vamos a atravesar situaciones que quizás nunca lleguemos a entender, pero lo que si debemos entender es cuál es el propósito de nuestra fe.
Para comprender mejor este tema, quiero invitarles a leer el pasaje de la primera carta de Pedro, capítulo 1, versículos 6 al 9. Este dice lo siguiente: En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.
El propósito de la fe que compartimos como creyentes es precisamente esto: la salvación. No se trata de alcanzar bienes materiales como un auto, una casa, un viaje, el trabajo ideal o garantizar éxito personal en esta vida. El fin principal de nuestra fe es la salvación de nuestras almas. Además, el versículo dice claramente que nuestra fe será puesta a prueba, para que sea hallada en alabanza, gloria y honra.
Es fácil afirmar que tenemos fe cuando todo va bien, o pensar que seremos millonarios “en el nombre del Señor” simplemente por tener fe. Sin embargo, eso no refleja la verdadera fe del creyente. De hecho, en la segunda carta a Timoteo, capítulo 4, versículos 6 al 8, Pablo dijo: Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.
Pablo mencionaba que había guardado la fe. Fue un verdadero ejemplo de perseverancia hasta el final, a pesar de que su vida no fue fácil desde un punto de vista terrenal. A pesar de las dificultades que enfrentó, permaneció firme en su fe en el Señor y estaba seguro que recibiría su corona. Esa corona que es para todos los que aman la venida del Señor. Ahora le pregunto, ¿usted ama la venida del Señor? ¿Clama por ese momento? ¿Es su deseo ferviente que el Señor venga por su iglesia? ¿O es usted de las personas que solo desea esa venida cuando enfrenta problemas o alguna enfermedad?
El testimonio de Pablo debe ser un gran despertar para nosotros, al igual que el de todos los creyentes que se mencionan en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Debemos ser hacedores de la palabra, ya que si nos limitamos a escuchar prédicas, sermones o enseñanzas sin actuar, nos ocurrirá lo mismo que al pueblo de Israel.
Es más, quizás usted esté escuchando esta prédica y piense que suena bien, pero si al final no pone en práctica lo que dice la Biblia, le va a pasar lo mismo que el pueblo de Israel. Como se menciona en Hebreos 4:1-2: Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.
Conclusión: Nuestra fe puesta en la persona de Cristo, no en el resultado.
Estas personas no pudieron disfrutar de las promesas del Señor porque no recibieron Su palabra con fe. Pasó lo mismo en los tiempos del diluvio, en los días de Noé. ¿Recuerda? No le creyeron. En los días de Lot, tampoco le creyeron. Durante la época de los profetas, tampoco creyeron sus palabras. Y hoy, sucede algo similar: muchos no creen. Puede que usted diga “tiene sentido lo que acabo de escuchar, lo pensaré, lo consideraré, veré si me termino convenciendo”. Pero con esa actitud, uno será otro oidor de la palabra sin fe.
En el Nuevo Testamento observamos que, cuando las personas verdaderamente creían el evangelio, era porque tenían una fe real. Tan real era esa fe que, en ciertos casos, el Espíritu Santo descendía sobre ellos en ese preciso momento. Sin embargo, hoy en día las personas tienden a ser más filosóficas o psicológicas. Les gusta reflexionar, analizar, escuchar múltiples prédicas e incluso meditar sobre el evangelio en sus mentes, pero muchas veces no permiten que lo que escuchan penetre profundamente en sus corazones.
Debemos permitir que el evangelio llegue hasta lo más profundo de nuestro ser. Necesitamos mantenernos firmes en una sola fe, como se nos enseña en Efesios 4:5. Además, no debemos olvidar que el fin de la fe es la salvación. Y mientras esperamos esa salvación, también somos llamados a vivir por esa misma fe. Como lo puede leer en Hebreos 10:35-39, que dice: No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.
El justo vivirá por la fe, y como creyentes, estamos llamados a vivir por fe. Nuestra fe es eterna, una fe que nos acompaña en cada momento de nuestra vida. No podemos permitir que nuestra fe se debilite, pues sabemos que nos espera un gran galardón de parte del Señor.
Por eso, debemos ser pacientes cada día, recordando que la vida es un camino que debemos transitar. Mientras estemos en este cuerpo mortal, enfrentaremos tanto alegrías como adversidades. Sin embargo, debemos mantenernos firmes en la certeza de que Cristo vendrá por su Iglesia. Así lo declara Hebreos: Porque aún un poquito y el que ha de venir vendrá y no tardará. Ese es Cristo en quien debe reposar nuestra fe y confianza.
Amamos su venida porque el propósito final de nuestra fe es la salvación. Por eso, no debemos retroceder ni perdernos en el oscuro camino de satanás, sino permanecer siempre en la luz de Cristo. Esa es nuestra fe: una fe que persevera, y prepara nuestra alma para ser recibida por el Señor en sus moradas eternas.
Hebreos 11, del 1 al 3 dice: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.
Esto significa que cuando leemos en Génesis sobre cómo Dios creó los cielos y la tierra al principio, se necesita tener fe para aceptar esa verdad. Muchas personas no creen eso. Algunos creen teorías como la evolución desde el mono o que el origen está en una gran explosión, y tienen fe en esas ideas. Sin embargo, Hebreos nos recuerda que, por medio de la fe, podemos estar seguros de que fue Dios quien creó el universo. La fe común entre los creyentes no tiene que ver con deseos mundanos, ambiciones materiales ni con conceptos de psicología cristiana.
Nuestra fe está puesta en Cristo, en quien esperamos con plena certeza. Aunque por ahora no lo vemos, estamos convencidos de que, por su gracia, nos ha redimido. Es esa misma fe que compartimos los creyentes es la que movió a todas las personas mencionadas en el capítulo 11 de Hebreos. Como Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Jacob, Moisés, los profetas y muchos otros mencionados en dicho capítulo, todas ellos vivieron por fe, mirando la eternidad y no los placeres temporales o las cosas pasajeras de este mundo que disfrutan los incrédulos que están cegados por satanás para que no reciban la luz de este mundo que es Cristo.
Por último, es importante mencionar que la fe de los creyentes no es algo pasivo, ni algo que se recibe una vez y luego seguimos viviendo en automático. ¡De ninguna manera! nuestra fe, continúa creciendo en nosotros a través de la obra del Espíritu Santo, quien nos acompaña constantemente hasta el día del regreso del Señor. No debemos confiarnos en una oración que hicimos en el pasado, ya que, la fe sin obras está muerta. Debemos examinar nuestra vida siempre, tal como nos exhorta la Segunda Carta a los Corintios 13:5 que dice: Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?
Es importante que examinemos profundamente sobre nuestra vida, pero esto no significa que hagamos esta evaluación viendo una película de Hollywood o confiando únicamente en nuestros propios pensamientos. No. Debemos evaluarnos a la luz de la Palabra de Dios, permitiendo que hermanos en la fe, guiados verdaderamente por el Espíritu Santo, nos ayuden a discernir si estamos viviendo como creyentes.
Esta es la fe que tenemos en común los creyentes como dice Efesios 4:5. A través de esa fe recibimos el perdón de los pecados y renunciamos a caminar en las tinieblas. Es por esa misma fe que entregamos nuestra vida a Cristo y lo reconocemos como nuestro Señor, confiando que Él nos hará descansar de nuestras cargas terrenales y nos llevará a las moradas celestiales en su regreso. Por esa fe creemos que hemos sido hechos hijos de Dios por medio de Cristo y que somos ciudadanos del reino de los cielos. Esa fe común que usted y yo compartimos es la razón por la cual hoy nos congregamos como familia, como hermanos, porque estamos unidos en una sola fe.
¡Le invito a orar!