Un Señor: La autoridad que nos une (Efesios 4:5)
Este mensaje es la Parte 3 de nuestra serie: La Unidad en el Cuerpo de Cristo.
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La unidad de la fe bajo un solo Señor.
Abramos nuestras biblias en el libro de Efesios, capítulo 4, versículo 5, donde leemos: “Un Señor, una fe, un bautismo”. En los versículos anteriores a este pasaje se nos instruye sobre cómo los creyentes debemos conducirnos. No es coherente decir que somos creyentes y actuar de forma diferente al resto de los demás hermanos en la fe.
En el mundo, las personas actúan según su propia voluntad. Sin embargo, en la iglesia no debe ser así, porque todos fuimos llamados a vivir de una manera digna de nuestra vocación. Este llamado, que proviene del Señor, nos manda a caminar con humildad, con mansedumbre, soportándonos los unos a los otros con paciencia y esforzándonos por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Somos un solo cuerpo, y como se menciona en Efesios 4:5, tenemos un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo.
Hoy hablaremos de ese Señor, porque es fundamental tener certeza de que estamos sirviendo al mismo Señor. Tal como lo expresó Pablo en su primera carta a los Corintios, capítulo 8, versículos 5 y 6 que dice: Pues, aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él.
En esta parte, cuando se menciona “un Señor”, se está refiriendo a Jesucristo. Aunque todos sabemos que Dios también es el Señor, en este contexto debemos entender que se está hablando de Cristo, ya que, en el versículo, Dios es presentado como el Padre. En el mundo siempre han existido muchos dioses y señores. En el Antiguo Testamento vemos cómo el pueblo de Israel cayó a la tentación de adorar y servir a muchos dioses, señores o ídolos.
Por esto, le invito a reflexionar sobre estas preguntas: ¿Tiene usted un solo Señor? ¿O tiene más de uno? Y si tiene un solo Señor, ¿está seguro de que se trata del verdadero? Jesús nos enseña en su palabra que no podemos servir a dos señores. Por ejemplo, no es posible servir a Dios y al mismo tiempo a las riquezas, porque si usted ama el dinero, este se le puede convertir en su propio dios, porque la Biblia advierte que el amor al dinero es la raíz de todos los males y que este puede llegar a gobernarnos tal como lo haría cualquier otro señor.
La diferencia entre decir "Señor" y vivir bajo su Señorío.
Las Escrituras nos muestran además que hay muchos “señores” y, lamentablemente, muchas personas no se acercan a los pies de Cristo porque no están dispuestas a abandonar sus otros señores. Un claro ejemplo de esto, fue cuando Pablo llegó a Atenas. La Biblia señala que su espíritu se llenó de indignación al observar que esa ciudad estaba entregada a la idolatría. Tenían innumerables dioses: imágenes esculpidas, altares y figuras para todo tipo de divinidades. Entre esos altares, tenían uno dedicado “al Dios no conocido”. Esto demuestra hasta qué punto eran profundamente idólatras y religiosos. En ese contexto, Pablo les explicó: “Al que vosotros adoráis sin conocerle, es a quien yo os anuncio”. Por ello, no debería sorprendernos si alguien afirma que cree en Dios, pues podría estar refiriéndose a un dios completamente diferente.
Cuando alguien me dice que cree en Dios, suelo preguntar: “¿En qué dios cree usted?”. Hay quienes se sienten ofendidos por esta pregunta, pero lo cierto es que el simple hecho de mencionar a “Dios” no significa que estemos hablando del mismo. No todas las personas que oran o se encomiendan a “Dios” están dirigiéndose al Dios de la Biblia. Sé que este tema puede provocar molestias y no es cuestión de que el cristiano debe sentirse superior a los demás; porque Dios escogió lo más vil del mundo. Sin embargo, muchas personas están tan perdidas y engañadas que creen en sus propios razonamientos y ponen su confianza en dioses falsos con la esperanza de que serán salvados.
Recuerdo que una vez intenté hablar del evangelio a alguien, y me respondió: No se preocupe, Dios y yo tenemos un trato. Le pregunté cómo era eso posible si veía que él bebía, fumaba y andaba con varias mujeres. Él me contestó que sí, que era cierto lo que decía, pero que él y Dios ya habían hablado y tenían un acuerdo. En ese momento comprendí que no podría cambiar su forma de pensar porque tenía en su mente un dios falso al que servía y creía que le libraría de todo mal.
Aunque el mundo pueda tener sus propios dioses, para nosotros los creyentes sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de Él. No todo el que menciona a Dios se refiere al verdadero Dios. satanás ha sido astuto y se ha infiltrado en la iglesia, haciendo que la gente cante, baile y actúe de maneras que la Biblia no enseña. Pero ese no es el verdadero problema, el problema es que las personas no quieren tener comunión con los hermanos, no quieren perdonar a su prójimo ni seguir los caminos del Señor. Por eso estoy seguro de que no estamos hablando del mismo Señor.
Hay quienes afirman que pueden pecar deliberadamente, argumentando que Cristo ya pagó por todos sus pecados: pasados, presentes y futuros. Aunque esa afirmación es teológicamente correcta, no se debe usar la gracia de Dios como excusa para pecar intencionalmente. Es por esta razón que el Señor advertía que, en aquel día, muchos llegarán a decirle que en su nombre profetizaron, expulsaron demonios o realizaron milagros, pero Él les contestará que nunca los conoció, porque eran hacedores de maldad. Esto significa que habrá personas que se identifican como cristianas pero que, en realidad, sirven a un falso señor y pasarán su eternidad en el infierno.
Por eso debemos de tener cuidado, ya que incluso al leer las escrituras podemos ser engañados y crear nuestro propio “dios”. Una cosa es conocer la palabra de Dios y otra es conocer a Dios mismo. Hay quienes conocen la Biblia de principio a fin, pero en su vida diaria actúan como los fariseos, donde las enseñanzas del Señor son solo conocimiento teórico que tienen en su mente, pero no en su corazón. Como dice el evangelio de Juan, capítulo 5, versículos 37 y 38: También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto, ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis.
La mayoría de las religiones conocen la Biblia de principio a fin, desde Génesis hasta Apocalipsis. Esto también ocurría con los líderes religiosos de Israel, quienes sabían la ley al pie de la letra. Sin embargo, el Señor les decía que Su palabra no habitaba en sus corazones, sino únicamente en su mente. Esto representa un gran peligro, porque es con el corazón que se cree para alcanzar justicia.
De manera similar, hoy en día muchas personas creen con su mente estar sirviendo al verdadero Señor, pero en realidad, ese señor no es más que una creación de su imaginación basada en lo que han leído en la Biblia. Es solo teoría sin misericordia, amor ni justicia. Por eso el Señor les decía que escudriñaban las escrituras porque pensaban que en ellas hallaban la vida eterna, pero las escrituras daban testimonio de Cristo. Esto implica que estas personas no querían acercarse al Señor; solo deseaban crear su propia versión del Señor a través de las escrituras.
Esto no significa que no debamos leer la Biblia; ¡por supuesto que sí! De hecho, no solo debemos leerla, sino también estudiarla para que nadie nos engañe. Sin embargo, hay que recordar que los cristianos en el Nuevo Testamento eran verdaderos creyentes y no andaban con una biblia en la mano. ¿Por qué? Porque tenían la presencia del Espíritu Santo morando en sus corazones. Así que la biblia no está para tenerla almacenada en nuestra mente como una biblioteca teórica, sino para ser puesta en práctica. Debe ser Dios, a través de las escrituras, quien nos enseñe, nos reprenda, nos corrija y nos instruya en justicia, para estar preparados para toda buena obra en el Señor.
Retomando el tema del Señor al que servimos, es común encontrar personas que actúan de manera similar a Jacob cuando huía de su hermano Esaú, tal como se relata en el libro de Génesis, capítulo 28, a partir del versículo 20. Allí dice: E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios.
El peligro de los "muchos señores" en la vida del hombre (dinero, ego, placer).
Hoy día, muchos tienen una manera similar de relacionarse con Dios. Dicen cosas como: “Si Dios me da un auto, entonces iré a la congregación. Si Dios me da dinero, entonces le serviré. Si Dios bendice mi negocio, le ofrendaré. Si me da salud, entonces le daré las gracias”. En resumen, el “dios” que tienen en sus vidas es su propio bienestar personal, pues sólo buscan aquello que les conviene y esperan que todo salga bien en esta vida. Sin embargo, la vida del creyente no se trata de tener una existencia cómoda y sin problemas, sino que debemos de confiar en que el Señor nos cuidará y protegerá en cualquier circunstancia.
Por esta misma razón, gran parte de las personas aún desconoce verdaderamente a Dios y las buenas noticias que Él nos ha revelado en el evangelio de Lucas, capítulo 2, versículos del 8 al 11 que dice: Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.
Hoy día, la mayoría de las noticias que las personas ven en la televisión o en las redes sociales son negativas: guerras, muertes, asaltos, crímenes, corrupción y un sinfín de males que hemos causado al vivir alejados de Dios. Sin embargo, si usted quiere ver buenas noticias, lo animo a leer las Escrituras. En ellas encontrará pasajes como este del Evangelio de Lucas que leímos, que nos comparte la mejor noticia que ha recibido la humanidad.
Antes de recibir esta buena nueva, vivíamos sin esperanza de llegar a la presencia de Dios. Pero la Biblia nos enseña que, por medio de Cristo, hemos obtenido salvación y vida eterna. No hay ninguna otra obra humana que nos permita alcanzar esto, pues somos pecadores por naturaleza. Sin embargo, por la gracia del Señor y el sacrificio de Cristo, hemos sido salvos. Esta es, sin duda, la mejor noticia para todo aquel que cree en Él.
Es cierto que muchos al leer este pasaje lo reciben con alegría y dicen: “Amén, acepto a Cristo como mi Salvador”. Y muchas religiones confiesan a Cristo como su Salvador, aunque sea de manera superficial. Sin embargo, el verdadero desafío es que la misma Escritura nos enseña, no solo a aceptar a Cristo como Salvador sino también a reconocerlo como nuestro Señor.
Todos desean la gracia, el perdón y la salvación, pero son pocos los que realmente quieren entregarse a Cristo y permitir que Él gobierne sus vidas. Son pocos los que quieren aceptar a Cristo como el Señor de sus vidas. Porque si usted acepta a Cristo como su Señor, esto significa que, de ahora en adelante, usted no actuará según su propia voluntad, sino según la voluntad de Dios y lo que Él estableció en las escrituras.
De hecho, al hablar de su palabra, si usted examina las Escrituras, notará que cuando se presenta a Cristo como Salvador, frecuentemente este término está vinculado o complementado con el de Señor. Para ilustrar este punto, podemos leer pasajes del Nuevo Testamento. Por ejemplo, en la segunda carta de Pedro, capítulo 2, versículo 20, se nos dice: Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero.
En la segunda carta de Pedro, capítulo 1, versículo 11, se menciona: Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
En el capítulo 3, versículo 2 de esta misma carta, se dice: para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles;
Más adelante, en el capítulo 3, versículo 18, encontramos lo siguiente: Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.
Por último, en 1 Tesalonicenses capítulo 5, versículo 9, leemos: Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo.
La Biblia es bastante clara, y si usted es de las personas que lee las Escrituras, le invito a que verifique cuántas veces Cristo es descrito como nuestro Salvador. Encontrará que aparece unas 30 veces, de las cuales en casi 15 ocasiones se le menciona junto a la palabra Señor. En cambio, si busca cuántas veces Cristo se menciona como el Señor, descubrirás que aparece más de 100 veces. Casi todas las personas prefieren aceptar a Cristo solo como su salvador, pero son pocos los que lo reciben también como su Señor. Sin embargo, recuerde que, los verdaderos creyentes hemos alcanzado la salvación a través de nuestro Señor Jesucristo.
Para comprender cómo los verdaderos creyentes reconocen a Cristo como su Señor, los invito a que reflexionemos en la Primera Carta a los Corintios, capítulo 1, versículos del 1 al 10. Dicen así: Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia; así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros, de tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo; el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor. Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.
Es fundamental entender que Cristo es nuestro Salvador y también nuestro Señor. No se trata simplemente de llamarlo Señor como cuando decimos: “El señor René” o “el señor José.” ¡claro que no!. Cuando La Biblia afirma que Jesucristo es el Señor, se refiere a su autoridad suprema. Cristo es el Señor porque Él gobierna; Él manda y nosotros lo obedecemos. Llamarle Señor significa reconocer su autoridad, poder, dominio, control, imperio, supremacía y omnipotencia sobre nuestro cuerpo, mente, alma y espíritu.
Como ya lo mencioné antes, en el Nuevo Testamento Cristo es llamado “Señor” más de cien veces, pero es difícil leerlos todos detallé en una predica. Sin embargo, si usted quiere profundizar en ellos, le proporciono algunos versículos donde Cristo es descrito como nuestro Señor, por ejemplo:
- Hechos20:21
- Romanos1:3,1:7, 4:24, 5:1, 5:11, 5:21, 6:11, 6:23, 7:25, 8:39, 15:6, 15:30, 16:18-24
- 1 Corintios 5:4, 9:1, 15:57
- 2 Corintios 1:2-3, 8:9, 11:31
- Gálatas 1:3, 6:14 y 6:18
- Efesios 1:3, 1:17, 3:11 y 3:14, 5:20, 6:24
- Filipenses4:23
- Colosenses 1:3
- 1 Tesalonicenses 1:3, 2:19, 3:11 y 3:13, 5:23 y 5:28
- 2 Tesalonicenses 1:12, 2:1y 2:14, 3:6, 3:12 y 3:18
- 1 Timoteo 1:12, 6:3 y 6:14
- 2 Timoteo 1:2
- Filemón 1:25
- Hebreos 13:20
- Santiago 2:1
- 1 Pedro 1:3
- 2 Pedro 1:2, 1:8 y 1:14
- Judas 1:4, 1:17 y 1:21
- Apocalipsis 22:20-21
Estos versículos son solo ejemplos y nos muestran que Cristo es más que nuestro Salvador; también es nuestro Señor. Esto se refuerza en Hechos capítulo dos versículos del 36 al 38 que nos dicen: Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.
Según se relata, aquel día más de 3,000 personas decidieron rendir su vida a Cristo. Sin embargo, antes de esta transformación, Pedro les hizo ver claramente a los israelitas que al Jesús a quien ellos habían rechazado, Dios lo había exaltado como Señor y Cristo. Al comprender esto, se sintieron culpables, dándose cuenta de que habían despreciado a quien sería proclamado como el Señor de toda la tierra.
Por qué no puede haber dos señores en un mismo corazón
Solo cuando uno realmente entiende que Cristo es el Señor, puede reflexionar sobre aquel versículo de Corintios que menciona que en el mundo hay muchos señores. Esto se debe a que las personas que viven sin Cristo obedecen a otros señores que gobiernan sus vidas, acciones, cuerpos y pensamientos. Y detrás de todos estos señores, está el gobierno de Satanás.
Sin embargo, el gobierno de Satanás tiene un límite y una fecha de expiración, como se menciona en Filipenses 2:9-11 que dice: Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
En ese día, las personas reconocerán a Cristo como el Señor y verdadero Rey ante quien todos se arrodillarán, ya sea en los cielos, en la tierra o debajo de ella. Los creyentes haremos esta confesión con alegría y buena voluntad, pero muchos se resistirán porque han rechazado toda su vida que Cristo es su Señor y Salvador. Esta resistencia llega al punto que, según las Escrituras, estas personas se prepararán junto a Satanás para luchar contra Cristo, como se describe en Apocalipsis 17:13-14 que dice: Estos tienen un mismo propósito, y entregarán su poder y su autoridad a la bestia. Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y fieles.
Esa es la confianza que compartimos todos los creyentes: que Cristo triunfará, ya que Él es el Señor de señores y Rey de reyes. Los elegidos y fieles son aquellos que han decidido someterse al gobierno de Cristo, los escogidos no son los que creen que Cristo debe someterse a sus deseos, placeres o decretos.
Cristo es el Señor, y nosotros somos sus siervos. Aunque podemos hacer muchos planes, debemos de poner cada uno de ellos en las manos de Dios. Aunque tengamos nuestra propia opinión, debemos permitir que la Biblia sea el nuestro primer y último consejo. En Cristo encontramos libertad, pero no para caer en libertinaje, sino para vivir guiados por sus mandamientos.
Hablando de mandamientos, existen personas que se enfocan en cumplir obsesivamente los diez mandamientos dados al pueblo de Israel. Sin embargo, les quiero recordar que el Nuevo Testamento también contiene muchos mandamientos dirigidos a la Iglesia. Si los obedecemos no es que nos ganaremos la salvación, pero si nos ayudarán a vivir en amor y obediencia a nuestro Señor.
Los mandamientos no son opcionales; todos los creyentes debemos de ser hacedores de la palabra. Sin embargo, muchos prefieren aceptar a Cristo únicamente como su Salvador, ya que esto no requiere mayor compromiso de su parte. Pero si alguien realmente se considera creyente, debe aceptar a Cristo también como su Señor. Un ejemplo claro de esto es el mandato del Señor de amarnos unos a otros como hermanos. Este no es opcional para la iglesia, pues quien no ama a su hermano es un mentiroso.
En realidad, los mandamientos del Señor no son una carga pesada para el creyente. En ningún momento el Señor nos pide hacer cosas absurdas o violentas. Los mandamientos del Señor benefician a nuestra alma, cuerpo, mente y espíritu. Dios no nos pide que matemos a alguien o que le hagamos daños a nuestro cuerpo para ganarnos su favor. Dios es amor y desea que vivamos en su amor; por eso, cada creyente debe recibir a Cristo como su Señor.
Al recibir a Cristo como Señor, uno puede comprender el propósito de su vida, como explicó Pablo en Romanos 14:8-9: Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven.
La realidad es que muchas personas desconocen el propósito de sus vidas o para quién viven realmente. Parecen como hámsters girando en una rueda, sin dirección ni propósito claro, porque se resisten a vivir para Cristo y prefieren vivir para ellos mismos. Viven solamente para ganar dinero, fama o bienes materiales, y consideran que eso es tener una vida plena. Sin embargo, esto es algo superficial ya que la verdadera vida en abundancia solo se encuentra en Cristo, y no está definida por lo que poseemos o acumulamos. Pablo, dijo que los verdaderos creyentes viven y mueren para el Señor, independientemente de las circunstancias terrenales. Es cierto que en algunos momentos atravesamos sufrimientos y dificultades que causan mucho dolor. Sin embargo, mantenemos viva la esperanza en el galardón que el Señor nos tiene preparado.
Ahora bien, sé que hay muchas personas que no dudan en proclamar a Cristo como su Salvador y Señor. Declaran con convicción: “Cristo es mi Salvador y mi Señor, no reconozco otros señores”, y eso sin duda es algo bueno. Pero es fundamental comprender que Jesús no es únicamente Señor de palabra, sino también de obra y acción. Por eso, en el evangelio de Lucas, capítulo 6, versículo 46 en adelante, dice: ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?
Esta pregunta surge porque muchas personas reconocen a Cristo como su Señor solo de palabra, pero no obedecen sus mandamientos. Su fe se convierte en una rutina religiosa, y para ellos, Cristo es simplemente alguien a quien respetan y llaman señor, pero no el rey de reyes en sus vidas.
Por eso, muchas personas prefieren llamarle simplemente “Dios”, para evitar confusiones y compromisos. Pero en realidad, los mandamientos del Señor deben cumplirse por obediencia, y no por sentimientos o emociones. Un ejemplo de esto es la parábola del hombre con dos hijos. Cuando se acercó al primero y le pidió que trabajara en su viña, él respondió que no quería, pero luego, arrepentido, fue a trabajar. En cambio, cuando le pidió lo mismo al segundo hijo, este respondió que sí iría, pero al final no fue. Al preguntar Cristo ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? todos concluyeron que fue el primero, pues a pesar de que el segundo hijo dijo emocionadamente que iría, solo el primero actuó con verdadera obediencia.
Por eso, el Señor decía en el evangelio de Lucas, capítulo 6, versículo 47 que: Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que, al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.
Quien viene al Señor, escucha Su palabra y la pone en práctica demuestra ser un verdadero creyente. En cambio, aquel que la escucha, pero no la vive, no es más que un religioso y un incrédulo. Si se fija, en ambos casos hubo inundaciones, ya que siempre habrá tribulaciones, conflictos y pruebas, tanto para los creyentes como para los no creyentes, porque el sol sale para todos por igual.
Digo esto porque muchas personas piensan que, al entregar su vida a Cristo, desaparecerán las enfermedades, los problemas económicos, las tensiones familiares y las luchas diarias. Sin embargo, eso no es así. No debemos engañarnos ni permitir que el enemigo nos confunda. La vida del creyente no es un camino fácil ni un sendero lleno de rosas. Es por esta razón que muchos, al enfrentarse a dificultades, se vuelven para atrás y regresan al mundo, porque se dejaron engañar de falsos predicadores que les dijeron que todo sería sencillo al caminar con el Señor.
Lo que muchos no consideran es que hoy día ser creyente es relativamente fácil en comparación con la época de los primeros creyentes o con aquellos que actualmente viven en países donde no pueden confesar libremente su fe en el Señor.
Debemos asegurarnos de que Cristo sea realmente nuestro Señor, no solo de palabra o durante el tiempo que pasamos congregados, sino que en todo tiempo y lugar. Debemos reflejar ante el mundo que todo lo que hacemos es por obediencia a sus mandamientos. Muchas personas con palabras agradecen a Dios al sentarse a comer, pero no son agradecidos con el Señor el resto del día. Eso no es ser un cristiano.
Necesitamos rendirnos de verdad ante el Señor. Debemos permitir que Él dirija y gobierne nuestras vidas. ¡Ese es el verdadero evangelio! Cuando usted comprende que Cristo es el Señor de señores, la vida cambia drásticamente. Como dice Hechos, capítulo 16, versículos 30 al 32, donde un hombre preguntó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” La respuesta fue: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” Y le compartieron la palabra del Señor a él y todos los que estaban en su casa.
Antes de esos versículos. Pablo y Silas estaban dentro de una cárcel y mientras cantaban y alababan al Señor, las puertas de la cárcel se abrieron y el carcelero se iba a matar, pero Pablo le dijo que no hiciera eso, que todos seguían en la cárcel.
Cristo debe ser el Señor de nuestras vidas, lo cual ocurre únicamente cuando dejamos de lado nuestro ego y dejamos de seguir a Satanás y las pasiones de la carne, para seguir a Cristo, quien se convierte en nuestro nuevo Señor. En el pasado, quizá obedecíamos a Satanás, quien nos inducía a conductas como la fornicación, el adulterio, las disputas o enemistades. Ahora, Cristo nos guía hacia el amor, la paciencia, la mansedumbre y la paz.
De hecho, el Señor nos advirtió que no todas las personas iban a obedecer al evangelio, como lo podemos leer en la segunda carta de Corintios en el capítulo 4, versículos del 3 al 5 que dice: Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.
Conclusión: Rendirse a la voluntad del Dios Viviente.
Como satanás es el “señor” del mundo, ha cegado con su venda a sus siervos, impidiendo que la luz del evangelio ilumine sus vidas. Les engaña diciéndoles que la salvación en Cristo es un mito, que Cristo no es el verdadero Señor, y que es él, quien posee todo el poder, las riquezas y la gloria en este mundo. Sin embargo, la Biblia deja claro que las riquezas, la gloria y las vanidades ofrecidas por satanás son vacías y pecaminosas. Pero que, cuando alguien se somete a Cristo como su siervo, descubre lo que significa la vida en abundancia y experimenta el verdadero gozo que solo Él puede dar.
Al entregarse al Señor, el miedo a la muerte desaparece porque ya no se vive para uno mismo, sino para Cristo. Muchas intentan aparentar felicidad en el mundo de satanás, pero cualquier creyente sabe que todo eso es falso. Todos venimos de un mundo de oscuridad y sin piedad, un mundo vacío que no deja más que remordimientos, frustración, ira, venganza y muerte.
Los creyentes estamos llamados a obedecer a nuestro Señor, debemos hacer las cosas para Él, tal como dice Colosenses 3, versículos 23 y 24: Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís. Esto significa que un verdadero creyente, vive bajo la guía de un Señor distinto al que sigue el mundo. El creyente genuino sirve a su Señor y se rige por mandatos superiores a las de cualquier religión terrenal, aunque a muchos les va a parecer una locura la forma en la que vive un creyente, ya que no tiene nada que ver con las personas que siguen al príncipe de este mundo.
Hay muchos verdaderos creyentes que tienen riquezas y bienes materiales, pero son ricos para con el Señor y se comportan de manera diferente a otras personas que han logrado un gran éxito en este mundo sirviendo a satanás y han vendido su alma por aquello las riquezas terrenales. Mientras que el verdadero creyente siempre hablará con la verdad, No dependerá de las riquezas materiales para demostrar su fe, porque su principal objetivo es agradar a Dios, no al mundo.
No importa dónde usted trabaje, su esfuerzo debe ser siempre para el Señor, no para los hombres. Independientemente del tipo de autoridades a las que debamos someternos, debemos hacerlo en obediencia al Señor. Es momento de dejar de actuar como cabritas que saltan de un lado a otro, buscando hacer nuestra propia voluntad. Debemos ser ovejas que escuchan la voz de su pastor y siguen su camino con fidelidad. Si el Señor nos llama a perdonar, debemos hacerlo, para así poder cantar con sinceridad aquel himno que dice: Jesucristo es el Señor, gloria sea a él, ya me de mi vida es el Señor, de su iglesia es el Señor, del universo es el Señor. gloria sea a Él.
Para concluir, quiero que leamos en el libro de Filipenses, capítulo 3, versículos del 7 al 9: Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe;
Pablo es un ejemplo claro de alguien que realmente dejó todo atrás por el amor de Cristo. No solo perdió todo, sino que también experimentó azotes, encarcelamientos, tribulaciones, angustias y sufrimientos por amor al Señor. Esto no significa que todos debamos perder lo material por Cristo; cada caso es diferente y Dios es soberano en su voluntad. Pero hay quienes se llaman cristianos y no están dispuestos a renunciar a nada, sino que desean ganar el mundo en “nombre del Señor”. Muchos evitan renunciar a sus vidas porque obedecen a otro señor, olvidando que Cristo es el Señor de luz y debemos vivir en su luz.
Las religiones siempre tendrán sus propios señores en el cielo y especialmente aquí en la tierra; sin embargo, para nosotros los creyentes, debe haber un solo Señor. Ese no es Pedro, Pablo, Santiago, Juan ni ningún líder religioso ni ninguna persona del mundo. Para nosotros, el único Señor es Cristo, y solo a Él debemos obedecer porque es el único camino al Padre.
¡Le invito a orar!