Unidos por Cristo: Guardando la unidad del Espíritu (Efesios 4:3-4)
Este mensaje es la Parte 2 de nuestra serie: La Unidad en el Cuerpo de Cristo.
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La unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
Abramos nuestras Biblias en el libro de Efesios, capítulo 4, versículos 3 y 4, donde se menciona: Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación;
El contexto de estos versículos se encuentra en Efesios 4:1, que dice: Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.
Este es un recordatorio importante para nosotros como creyentes, ya que debemos vivir de manera digna del llamado que recibimos de nuestro Señor. Nadie puede decir que es cristiano si se comporta diferente al resto de los verdaderos cristianos, ya que Señor ha trazado un camino para los creyentes y ese camino es Cristo. No hay otras formas de llegar a Dios salvo a través de Cristo.
Como creyentes, también debemos caminar con humildad y mansedumbre, una norma fundamental para todos nosotros. Nadie puede decir que es creyente si no practica la paciencia o no quiere aprender a soportar a los demás; no se puede decir que ama a Dios si no ama al prójimo.
Es cierto que no somos robots y no todos enfrentamos las mismas luchas ni tenemos los mismos dones del Espíritu Santo, pero eso no debería impedirnos tener un mismo objetivo. Todos fuimos bautizados con el mismo Espíritu, y debemos andar como dicen los versículos 3 y 4: Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación.
En la clase de matemáticas nos enseñaban a encontrar el factor común. Del mismo modo, podemos analizar los versículos que acabamos de leer. Si los lee con atención, notará que el factor común entre ellos es la unidad de la congregación en un solo cuerpo, un Espíritu y una misma esperanza. Por eso, la iglesia no debe consistir en que cada uno tome su propio camino o imponga su punto de vista.
No se trata de organizar el cuerpo, que es la iglesia del Señor, según la conveniencia personal de cada miembro. La iglesia está llamada a la unidad, aunque actualmente esto parece algo difícil de alcanzar, porque aquellos que se llaman creyentes a menudo se comportan como se comportaban los discípulos de Cristo antes de recibir el Espíritu Santo: querían que el Señor trajera fuego del cielo para destruir, y olvidaban que Cristo vino a salvar, no a condenar las almas.
En muchas congregaciones, hay más peleas, divisiones y disputas que alabanzas al Señor. Estamos actuando de manera opuesta a lo que Cristo estableció, sin caminar en unidad ni en el vínculo de la paz; no somos un solo cuerpo ni un solo espíritu.
El Señor estableció una única iglesia y desea que actúe con dignidad. No podemos olvidar que Cristo es la cabeza y nosotros, el cuerpo. Por tanto, el cuerpo debe seguir las directrices de la cabeza. No debemos seguir lo que dicen los líderes humanos, sino lo que indica nuestro Padre celestial.
Es sorprendente cómo incluso los grupos seculares muestran más unidad que la iglesia del Señor, ya sea en música, deportes, filosofía, arte o grupos de apoyo como alcohólicos anónimos, establecen una hermandad incluso mayor que la de muchas congregaciones.
Así que, veamos lo que la escritura nos enseña sobre la unidad en la iglesia del Señor. Para ello, vamos al evangelio de Juan, capítulo 17, versículos del 20 al 23 que dice: Más no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.
En estos versículos, el Señor oraba por sus Apóstoles y discípulos presentes físicamente con Él. A partir del versículo 20, extiende su petición a todos los que creerían en Él (ya sean israelitas o gentiles) y dice: No ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.
Es importante recordar que hemos llegado a creer gracias al mensaje predicado por esos primeros discípulos. Ellos recibieron el mandato del Señor y obedecieron, comenzando a difundir el evangelio para que nuevos creyentes hicieran lo mismo. Esa ha sido siempre la gran comisión de la iglesia del Señor. Lo menciono porque hoy parece que muchos solo asisten a escuchar un mensaje sin comprender que el evangelio no es solo para ellos. Al recibir las buenas nuevas de gracia, debemos compartir ese tesoro en nuestro entorno diario. No es justo escuchar sobre la salvación y no ayudar a difundir el mensaje.
Es cierto que cuando predicamos el evangelio, algunos lo recibirán con agrado mientras otros se sentirán incómodos o molestos. Sin embargo, recordemos que esta es una batalla espiritual y no se trata de convencer con teorías o doctrinas humanas; se trata de la salvación de las almas.
Algunas personas están satisfechas con su forma de practicar el cristianismo, ya que se sienten cómodas y solo se preocupan por congregarse, orar y leer la Biblia. Sin embargo, no están sirviendo como instrumentos para la obra del Señor; en otras palabras, no actúan como verdaderos siervos del Señor.
El cristianismo no gira en torno a uno mismo, sino que busca el bienestar común. En el Nuevo Testamento, vemos que muchos creyentes llegaron a sacrificar sus vidas por servir al Señor y compartían todo en común con sus hermanos. Por eso, el Señor oraba por ellos, sabiendo que enfrentarían tribulaciones, pruebas y luchas.
¿Por qué es difícil mantener la unidad en la congregación?
Al igual que los mensajeros del Señor, todos estamos llamados a compartir las buenas nuevas para que las personas lleguen a creer en el mensaje de salvación. La clave no está en el mensajero, sino en el mensaje en sí. Nosotros transmitimos el mensaje y el resultado depende del Señor. Habrá quienes lo acepten y quiénes no.
Cuando alguien realmente cree, valora y practica esa palabra en su corazón. Creer es un pilar fundamental del evangelio y requiere fe. Algunos desean a Cristo como Salvador, pero no lo reciben como su Señor. Recibir a Cristo implica aceptar también sus mandamientos.
Imagine que recibe un mensaje que le advierte de un terremoto inminente en su área. Si usted cree en la advertencia, tomará medidas para protegerse, demostrando ser un creyente y ejecutor del mensaje. Pero si no cree, se quedará dónde está e incluso podría burlarse de la advertencia. Esta situación se asemeja a lo ocurrido con yernos de Lot, que no creyeron, cuando recibieron el anuncio de la inminente destrucción de Sodoma y Gomorra.
Al escuchar el evangelio, es fundamental recibirlo con fe y reconocer la importancia del arrepentimiento, alejándose de aquello que desagrada a Dios. El Señor dijo: Más no ruego solamente por estos sino por los que han de creer en mi palabra, por medio de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.
Estos versículos resaltan la importancia de la unidad. En su oración, el Señor pidió al Padre que fuéramos uno, y el libro de los Hechos muestra cómo los primeros creyentes compartían todo en común gracias a su unidad. Sin embargo, parece que algo ha cambiado en la iglesia desde entonces, ya que hoy en día prevalecen los conflictos, divisiones, inconformidades y murmullos. No obstante, les aseguro que la verdadera iglesia del Señor sigue firme en la unidad. Quizás no lo perciban porque la buscan en redes sociales o en grandes edificaciones.
Tal como se menciona en las cartas de Pablo, Pedro, Santiago, Judas o Juan, las divisiones y problemas siempre estarán presentes. Sin embargo, es precisamente en esos momentos cuando la iglesia debe unirse en la verdad para poder identificar a quienes se encuentran en error o engaño. Esto se refleja en la primera carta a los Corintios, capítulo 11, versículos 18 y 19, que señala: Pues, en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.
Al leer estos versículos, algunas personas podrían justificar su postura diciendo que no existe una iglesia perfecta y que los conflictos que experimentan son habituales. Sin embargo, el mensaje es claro: frente a las divisiones, la verdadera iglesia debe mantenerse unida en un mismo espíritu. De esta manera, cuando surja la oscuridad y el diablo intente infiltrarse en la iglesia, quienes pertenecen a la luz deben permanecer unidos, con sus lámparas encendidas, para demostrar quiénes son los verdaderos creyentes aprobados.
En la misma carta a los Corintios, en el capítulo 1, versículos 10 al 13, se menciona: Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?
La Biblia claramente establece que debemos comunicarnos con un mismo sentir y fomentar una unidad auténtica, donde todo sea compartido de manera natural entre los hermanos. Este es un principio innegociable dentro de la iglesia del Señor. Cuando algo no está bien, debe ser señalado; y si algo nos edifica, debe ser seguido por todos. La iglesia no es un lugar donde cada uno hace lo que le parece, para eso existen otras religiones, en las que los líderes deciden qué hacer y cómo hacerlo, sin importar si contradicen las escrituras.
En la verdadera iglesia, el Espíritu Santo y la escritura son las únicas guías para conocer la voluntad del Señor, porque toda la escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. Como dice segunda de Timoteo, 3, versículos 16 y 17.
Recuerde que una guía o un escrito no cobra vida solo por ser leído. Muchas religiones estudian la Biblia diariamente, pero aparte de adquirir conocimientos teóricos o teológicos, nada extraordinario ocurre. Hay quienes leen la Biblia por tradición o porque alguien se los recomendó. Sin embargo, la palabra de Dios se vuelve viva y poderosa cuando una persona confía y entrega su vida a Cristo, permitiendo que las escrituras se transformen en su alimento espiritual, comprensión y guía.
Cuando estamos en la luz, podemos observar las sombras y divisiones dentro de la congregación. Por eso, es esencial que todos compartamos un mismo modo de pensar y sentir. La iglesia de Corinto, por ejemplo, enfrentó numerosos problemas: conflictos internos, disputas, inmoralidades y arrogancias. Incluso cayeron en idolatría, siguiendo a diferentes figuras como Pablo, Pedro o Apolos. Pablo los criticó, recordándoles que no había bautizado a nadie en su nombre, ni había sido crucificado por los pecados de nadie; solo Cristo es digno de alabanza, y ellos son simplemente servidores del Señor.
Lamentablemente, esta situación se repite hoy en muchas congregaciones. Se generan divisiones porque muchos asisten solo para escuchar un mensaje y hacer famoso al predicador, sin interés en establecer comunión con los demás. De este modo, la congregación parece más un club social que la iglesia del Dios viviente.
Los verdaderos creyentes están listos para renunciar a sus propios deseos. Pablo, por ejemplo, se negó a recibir alabanzas de las personas en Corinto, reconociendo que era un pecador salvado por la gracia del Señor al cual únicamente debía servir. Por eso, alentaba a todos a mantener una unidad de mente y espíritu, recordando que no existe otro nombre bajo el cual los hombres puedan ser salvados. No se engañe: no hay otro abogado para casos difíciles; solo Cristo es el único abogado reconocido ante el Juez de todas las almas.
El peligro de las divisiones y el orgullo personal.
Es importante tener cuidado, ya que Satanás puede fácilmente confundirnos, incluso utilizando la Biblia. La mayoría de las personas no conocen toda la escritura, y solo leen a ciertos pasajes o versículos. Al no comprender completamente la carta de amor que Dios nos ha dejado, podemos caer en las trampas de religiones o doctrinas humanas manipuladas por Satanás. O ¿Alguna vez recibió usted una carta y solo leyó las primeras líneas? Probablemente no. Tampoco empezaría a leerla desde la mitad sin conocer su inicio.
Normalmente, cuando recibíamos cartas de nuestros padres, las leíamos de principio a fin, e incluso varias veces para asegurarnos de entenderlas bien. De igual manera, la Biblia debe leerse en su totalidad para conocer la voluntad de Dios. Leer únicamente ciertos versículos conduce a malas interpretaciones, divisiones, peleas y hasta herejías.
la segunda carta de Tesalonicenses capítulo 3 versículos del 14 al 16 dice: Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ese señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. Más no lo tengáis por enemigo, si no amonestadle como a hermano. Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera. El Señor sea con todos vosotros.
Aquí se aborda otro aspecto crucial en el que la iglesia debe estar unida: la disciplina. La disciplina, tal como la ha establecido el Señor, no es responsabilidad exclusiva del predicador, pastor o líder. Es una cuestión de unidad en la que todos debamos compartir un mismo entendimiento y sentimiento. Por esta razón, si alguien no sigue los mandamientos del Señor, toda la iglesia debería estar dispuesta a señalar su error. El mandato del Señor nos instruye a comenzar exhortando al hermano en privado. Si persiste, hay que llevar uno o dos testigos y, si aún así no cambia, presentar el asunto ante toda la iglesia, ya que la decisión final no recae en una sola persona, sino que pertenece a toda la congregación.
La exhortación nunca debe tener el fin de destruir; siempre debe hacerse con amor, con la intención de llevar a esa persona al arrepentimiento. Al exhortar a alguien, el objetivo debe ser la reconciliación y ayudarles a reconocer su error o pecado. Es normal que muchos se molesten cuando alguien les llama la atención, pero un verdadero creyente agradece este acto, sabiendo que es el Señor el que ha puesto la iglesia en unidad para que ninguno se pierda por el engaño del pecado.
En la iglesia, una persona no puede actuar a su antojo. Generalmente, las disputas y divisiones surgen cuando no hay unidad. Un claro ejemplo de esto era la iglesia de Corinto, que enfrentaba tantas divisiones y conflictos que Pablo dedicó varios capítulos y versículos a profundizar en este asunto. Su objetivo era que toda la iglesia alcanzara la unidad del cuerpo de Cristo, ya que es inconcebible que las manos no estén en armonía con los pies o que las rodillas no se lleven bien con los ojos, si todos forman parte del mismo cuerpo. Esto se menciona en la primera carta a los Corintios, capítulo 12, versículo 12 en adelante.
En la iglesia, una persona no puede actuar a su antojo. Generalmente, las disputas y divisiones surgen cuando no hay unidad. Un claro ejemplo de esto era la iglesia de Corinto, que enfrentaba tantas divisiones y conflictos que Pablo dedicó varios capítulos y versículos a profundizar en este asunto. Su objetivo era que toda la iglesia alcanzara la unidad del cuerpo de Cristo, ya que es inconcebible que las manos no estén en armonía con los pies o que las rodillas no se lleven bien con los ojos, si todos forman parte del mismo cuerpo.
Esto se menciona en la primera carta a los Corintios, capítulo 12, versículo 12 en adelante. Dice así: Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu. Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿Por eso no será del cuerpo? Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?
Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿Dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿Dónde estaría el olfato? Más ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿Dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo. Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a estos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro.
Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que, si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.
Imagínese que un día observa a un hermano llegar a la congregación y se da cuenta de que no tiene sus dos brazos. Al preguntar qué sucedió, él responde: Ah, es que hoy decidí no traer los brazos porque se pelearon con las rodillas, por lo que los dejé en casa. Eso simplemente no es posible.
Es cierto que la iglesia no es un robot, pero al igual que el cuerpo tiene muchos miembros, todos son necesarios y útiles. Cada parte de nuestro cuerpo está colocada con un propósito según la voluntad del Señor. Al final, somos un solo cuerpo porque todos fuimos bautizados en un solo espíritu. Uno es el fruto del espíritu que produce amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.
Un solo cuerpo, un solo Espíritu y una misma esperanza.
El Espíritu Santo nos llama a la unidad. Es imposible que algunos hermanos quieran orar mientras otros prefieren ir a una discoteca. Si realmente tenemos el Espíritu Santo, caminaremos en la luz y no en la oscuridad, porque todos hemos recibido el mismo Espíritu.
Además, el cuerpo no consiste en un solo miembro, sino en muchos. Aunque intente ocultar su mano en el bolsillo del pantalón constantemente, eso no cambiará el hecho de que sigue siendo parte de su cuerpo. Y si su estómago tiene hambre, sus ojos buscarán comida para que sus manos y brazos puedan llevarla hasta su boca, que se abrirá para que el alimento entre y así todo el cuerpo resulte beneficiado.
Lamentablemente, muchas personas en la congregación tienden a comportarse de manera egoísta, centrándose solo en sí mismas. La iglesia a veces se percibe más como una empresa o un negocio que como una comunidad espiritual, donde todos desean ser líderes o predicadores para atraer multitudes. Este comportamiento egoísta conduce rápidamente a problemas y divisiones, ya que el poder se concentra en uno o unos pocos, dejando de lado a los demás hermanos y tratándolos casi como insignificantes o solo útiles para las ofrendas o los diezmos.
La Biblia nos enseña que todos tenemos dones diferentes y que todos somos valiosos para el trabajo del Señor. Si yo soy quien predica, no soy más importante que el que escucha; ambos debemos ser hacedores de la palabra para edificarnos mutuamente. Lamentablemente, algunos no se involucran con la congregación durante la semana porque creen que es tarea de los líderes, mientras ellos esperan al fin de semana para simplemente venir y sentarse a escuchar otro sermón sin interesarse por el bienestar de los demás hermanos.
La Biblia nos enseña que todos los miembros del cuerpo son importantes dentro de la verdadera iglesia. En el mundo religioso, que a menudo se autotitula como “la iglesia del Señor”, a veces se observa una jerarquía basada en cuánto se sabe o cuánto se posee, lo que termina en un culto a aquellos con más conocimiento bíblico. Sin embargo, en la verdadera iglesia, todos los miembros son iguales. Cada parte del cuerpo debe cumplir su función: la mano la de la mano, el ojo la del ojo, y así sucesivamente, para lograr la unidad y edificación del cuerpo donde Cristo es la cabeza.
El Señor ha colocado a cada miembro de acuerdo a Su voluntad. Sin embargo, muchos no aceptan este orden establecido por Dios: las manos quieren ser cabeza, las piernas desean ser oídos y los ojos aspiran a ser el olfato. Los hombres y las mujeres a menudo no quieren aceptar sus roles, pero ese es un tema para otra predicación o estudio. Por ahora, quería mostrarles la importancia de mantenernos unidos como iglesia. Debemos cultivar la paciencia, la humildad y sostenernos mutuamente en amor. La carta a los Efesios nos exhorta a ser un solo cuerpo y un solo espíritu. Si alguien pregunta cómo lograrlo, respondería que primero debe ser un verdadero creyente, haber experimentado un genuino arrepentimiento y no buscar únicamente su propio beneficio dentro de la congregación.
Leemos en Filipenses, capítulo 2, versículos del 1 al 4, las siguientes palabras: Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
Este es el punto central de lo que he estado hablando. Aquí es donde surgen las divisiones y conflictos en cualquier congregación, ya que este es el gran problema de nosotros los seres humanos: El no querer morir al “yo”. Esto lleva a que las personas intenten vivir en la iglesia de la misma manera que vivían en el mundo, pensando solo en sí mismas y deseando que prevalezca sólo su propia voluntad.
En la iglesia, dicen, no me tratan bien, no me comprenden, no me ayudan, siguiendo con el “yo”, “yo”, “yo”. Sin embargo, la Biblia enseña lo opuesto, diciendo que nada debemos hacer por rivalidad o vanagloria. La vanagloria nos hace centrarnos únicamente en nosotros mismos sin considerar a los demás, haciendo imposible lograr la unidad o pensar en el bien común. Por ello, quien se considera creyente debe actuar con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo.
La Biblia ofrece una perspectiva contraria a lo que enseña el mundo. Cuando dejo de pensar solo en “mí” y empiezo a pensar en “nosotros”, todo cambia. Nuestras acciones dejan de ser impulsadas por rivalidades o vanagloria porque valoramos a los demás como superiores, buscando no lo que nos conviene individualmente, sino el bienestar común. Pablo incluso mencionaba que, si algo como la comida era motivo de tropiezo para un hermano, él prefería abstenerse para no causar daño. Eso es un verdadero ejemplo del amor que Cristo nos enseñó: priorizar el bien común en toda la congregación.
Por eso, la congregación no se limita a asistir una vez a la semana para escuchar un sermón, ignorando a los demás miembros. El camino que el Señor nos ha marcado se encuentra en la primera carta de Pedro, capítulo 3, versículos 8 y 9, donde dice: Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición.
La Biblia describe a los creyentes como hermanos en Cristo y amigos verdaderos que comparten un mismo sentir, comportándose en todo momento con comprensión, amor fraternal, misericordia y amabilidad. Evitan devolver mal por mal o maldición por maldición. Si usted logra comprender y practicar estos principios, dejará de ver la congregación solo como un lugar para escuchar y reflexionar sobre sermones.
Puede que algunos hermanos sean introvertidos y otros extrovertidos, y no hay problema en eso. Podemos ser diferentes en muchos aspectos, pero si somos cristianos, compartimos el mismo amor. Cuando hablamos de unidad, nos referimos a aquello que nos beneficia a todos y edifica nuestro espíritu. Por ello, debemos perseguir el bien común, como dice Romanos 14:19: sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación.
Esto se refuerza en el libro de Efesios, que nos insta a esforzarnos en mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Sin paz, no puede haber unidad. Las guerras, las discusiones, los conflictos y las divisiones son contrarios a preservar la unidad del espíritu en el vínculo de paz. Por eso Romanos nos anima a seguir aquello que favorezca la mutua edificación. Si lo que hacemos o decimos beneficia a los demás, eso es mutua edificación. Si alguno ha creado división o conflicto, debe arrepentirse, buscar el perdón de Dios y reparar el daño causado. El problema no es solo destruir, sino también reconstruir lo que se ha dañado y comenzar a edificar para no ser un rebelde contra la voluntad del Señor.
El papel de Cristo como la piedra angular de nuestra unión.
Casi para finalizar, vamos a la primera de Corintios, capítulo 10, versículos 16 y 17 qué dice: La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.
Una de las razones por las que participamos en la cena del Señor es para recordar la obra redentora de Cristo, nuestro salvador. La otra razón es que queremos fortalecer nuestra comunión con los demás. Por ejemplo, si un vecino está bebiendo una cerveza y le ofrece compartirla, probablemente la rechazaría porque no tiene nada en común con esa persona. De manera similar, la Biblia nos enseña que en el Señor somos un solo cuerpo y debemos permanecer unidos en un mismo espíritu.
Finalmente, en el libro de Filipenses 1:27 se nos dice: Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio.
Es interesante notar cómo este pasaje se parece mucho a lo que se menciona en Efesios 4:1-3, donde también se nos instruye a vivir de forma digna del evangelio de Cristo. Una señal de que estamos viviendo conforme a la palabra del Señor, es cuando compartimos comunión, unidad y un mismo Espíritu, que es Santo. Por eso, Filipenses 1:27 enfatiza la importancia de luchar unánimes por la fe del evangelio.
Esta es una batalla espiritual, y nuestro adversario es experto en destruir almas en masa. No se deje engañar ni asuma el papel de héroe pensando que puede luchar solo por la fe del evangelio. De hecho, es este tipo de pensamiento egoísta el que genera divisiones en las congregaciones, ya que no se apoyan mutuamente y, cuando tienen la oportunidad, se hieren o atropellan unos a otros. Por eso, el llamado a la iglesia es a luchar unidos.
Todos deben tener el mismo sentir. Si un miembro del cuerpo sufre, todos lo sienten, y si alguien está bien, todos se alegran. Sin embargo, por orgullo, nos cuesta confesar nuestras ofensas y pedir ayuda; cada quien intenta librar sus batallas de manera independiente, pero no debe ser así. Somos un solo cuerpo, y el sufrimiento de uno debe ser el sufrimiento de todos. Debemos despojarnos del egoísmo y pensar en los demás para que todos seamos útiles al cuerpo de Cristo.
No es necesario tener dinero o posesiones materiales para ser útil en el cuerpo de Cristo. Esto trasciende lo material, ya que todos estamos en igualdad de condiciones espirituales y nos necesitamos mutuamente; todos necesitamos a Cristo, nuestro Salvador.
¡Le invito a orar!